Escuela de Tango Danza "DISCEPOLIN"

 

HISTORIA DEL TANGO

 
 

La mala fama del Tango se convirtió en una leyenda negra. Era la música y la danza de las prostitutas y de los malevos. Al respecto, muchos autores insisten machaconamente con la vinculación del género con el hampa y el prostíbulo que, según ellos, contagia a la soldadesca y a locales de diversión frecuentados por delincuentes.
El Tango son los compadritos que dirimen sus diferencias en duelo criollo en una solitaria esquina, la prepotencia del más fuerte y el amor que se vende al mejor postor.  Incluso escritores como Jorge Luis Borges vieron el origen de la coreografía del tango en los movimientos de los duelistas, esquivando y tirando puñaladas.
Esto, sin embargo, es una simplificación y, como tal, peligrosa.  El Tango nace entre malvivientes, pero también entre gente honesta, entre los peones rurales expulsados del campo por la nueva organización empresarial de la estancia, dónde la ganadería extensiva requiere menos mano de obra, entre los miles de italianos y españoles que llegaron a Buenos Aires y a Montevideo.
Horacio Ferrer hace en su obra “El libro del tango” una inteligente distinción entre suburbio y arrabal.  Hay -escribe este notable estudioso del tema- "la palabra exacta para nombrar a las regiones bajas de una ciudad, a la 'su~urbis'.”   A los aledaños que están fuera de la altura central bien ventilada, bien habitada, bien apellidada, bien edificada.
Es una voz atenuada, dulce, si se quiere hasta piadosa.   Sí, designa a la baja ciudad, pero toda vez que la habita el humilde de buena costumbre.  Esa palabra es: suburbio.  Ferrer contrapone suburbio a arrabal.  Este término -explica- proviene del hebreo rabah, que significa multiplicarse, desbordar la ciudad, o del árabe arraba: extramuro.
"Por todo lo contrario de suburbio -afirma el autor-, tiene esta palabra una misteriosa potencia fonética.  Algo así como una oscura pólvora acústica que se gatilla en la erre, pega tres sordos estampidos en las aes, y fulgura como matando en la ele final: ¡Arrabal!  Y hay que escribirla con mayúscula y entre signos de admiración, porque así lo exige su sonoridad: Arrabal nombra, claro, el bajo urbano de la mala vida."
Los suburbios, entonces, eran los conventillos, los cuartos de pensión, las casas humildes donde se amontonaban varias familias, los lugares donde las madres cocinaban y lavaban la ropa y los padres tenían un estrecho lugar para echarse después del trabajo o de pasarse horas y horas buscando conchabo y dónde los niños se reunían a jugar en las calles o los patios por falta de espacio.  Era en los suburbios donde vivía el inmigrante recién llegado pero dispuesto a hacer fortuna, y donde encontraba alojamiento el criollo trasladado a la capital. Eran Boedo, la Boca, la Concepción y Montserrat en Buenos Aires, y Goes, Palermo, Aguada y la Unión en Montevideo.  Y las zonas portuarias en general de ambas ciudades, por supuesto.
El arrabal, en cambio, no tenía -según Ferrer-, y su posición es sociológicamente muy atractiva una figura geográfica determinada, "desde que se postula no a territorio sino a un estilo de vida".  En el arrabal el rigor policial es menos denso.  Allí donde la noche es más honda y más protectora.  Al suburbio va a vivir el que no tiene con qué vivir en otra parte mejor.  Al Arrabal no se va a vivir, el Arrabal se lleva puesto.  Es una fuga.  Un esoterismo y una fatalidad.  No se perfila tanto en la calificación social como en la moral.  Por eso son igualmente arrabaleros compadres y señoritos".

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